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“Creo en cosas extraordinarias”: entrevista con Millán Ludeña

De la nada al todo. Del calor al frío y de lo profundo a lo más alto. Desde que comenzó a correr, el ecuatoriano Millán Ludeña vive desmesuradamente, de extremo a extremo

Se convirtió hace pocas semanas en la primera persona de su país en obtener un récord Guinness asociado al deporte, luego de correr la media maratón más rápida a la mayor profundidad: fue en la mina de oro Mponeng, en Sudáfrica, ubicada a cuatro mil metros bajo tierra.

Luego, sólo 35 horas después, corrió en Ecuador la misma distancia diez mil metros más arriba: en la cima del volcán Chimborazo, uno de los puntos del planeta más cercanos al sol.

Con el premio Guinness, en Sudáfrica

Todavía recuperándose del sacudón físico, psicológico y emocional que significó este desafío, al que llamó Del centro de la Tierra al sol, atiende a Activo mediante videollamada desde su casa, en Quito.

¿Cómo estás?                   

Bien… Golpeado un poco fisiológicamente. El desafío fue tan grande que tuve una sobreexposición fisiológica y he terminado con bronquitis. Por estos cambios de climas y de condiciones extremas en pocas horas, mis bronquios pagaron la factura. Estoy contento, que no me lo quita nadie… pero esta tos tampoco me la quita nadie.

Después de completar la primera parte del desafío en la mina sudafricana, Millán quedó averiado, con dolores en todo el cuerpo y la recomendación del personal de la Cruz Roja de dejar la aventura en el Chimborazo para más adelante. Pero él insistió y, con lo que le quedaba, consiguió el objetivo.

¿Qué fue lo más difícil en todo este proceso?

En toda esta aventura, ufff… Esto fue un reto, no fue una carrera como las que había hecho antes (corrió el Marathon des Sables y una ultramaratón en la Antártida). La gran diferencia es que en una carrera tú te enfocas en la preparación y en conseguir el financiamiento, nada más. Hay alguien al otro lado del mundo que está poniendo las banderitas en el camino o lo que sea. En este reto nos tocó hacer adicionalmente la logística. Imagínate hacer una logística desde Ecuador con la gente de Guinness en Londres y, al mismo tiempo, con la mina en Sudáfrica. Y al mismo tiempo la producción del documental. Y a eso súmale el entrenamiento y el financiamiento correspondiente.

La campaña de crowdfunding era de 100 mil dólares…

Esta campaña es adicional a la que estamos haciendo con los sponsors. Este proyecto cuesta alrededor de un cuarto de millón de dólares. Afortunadamente, goza con el respaldo artístico del director uruguayo Oliver Garland. En términos fisiológicos, este proyecto tuvo mucho riesgo en varias instancias. En la mina, estar a cuatro mil metros, con condiciones de 40 grados, humedad relativa de 80%, presión atmosférica de 1.4 atmósferas, diferente composición de aire, y estar enterrado, nos ha hecho plantear dos riesgos principales: claustrofobia y deshidratación. Uno no sabe que es claustrofóbico hasta que está encerrado. Hicimos todos los exámenes psicológicos y estaba todo bien, pero abajo es en donde realmente nos íbamos a dar cuenta.

Por otro lado, no llevar un plan exacto o casi perfecto de hidratación podría derivar en un desbalance hídrico y eso lleva a una serie de multicalambres que pueden terminar en un paro cardíaco. La parte del Chimborazo, a 6280 metros sobre el nivel del mar, no es cosa simple. Y yo ya venía con un cansancio acumulado. En menos de 35 horas tuve un desnivel de más de 10 mil metros. Realmente se complicó mi sistema respiratorio y eso podría haber terminado en un edema pulmonar. Era el otro gran riesgo.

 

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Edema pulmonar, multicalambres, paro cardíaco, un gasto de 250 mil dólares, son todas malas opciones, ¿por qué encarar algo así?

Porque, al mismo tiempo, si esto se convertía en realidad, sería un sueño. Haber realizado por primera vez en la historia y en el mundo esta aventura de conectar el punto más profundo con el punto más cercano al sol fue lo que nos motivó. También la aventura de intentar conseguir el primer récord Guinness para mi país.

Millán Ludeña, de profesión aventurero

¿Cómo se te ocurrió esta idea?

Irónicamente, y me está pasando frecuentemente, cuando estoy haciendo un desafío se me ocurre el que viene. Entonces, esto se me ocurrió en particular en el sitio más frío del planeta, en la Antártida. En ese momento estaba corriendo 100 kilómetros, creo que me faltaban cinco y se me cruzó por la mente: “si ya corriste en el lugar más caliente y en el más frío, ¿por qué no hacerlo en el más profundo y el más alto?”. Ahí comenzaron a aparecer ideas absurdas y, meses después, la pregunta volvió a aparecer y se convirtió en proyecto. Pero siempre arranca en el nivel de absurdo.

Tarea cumplida en la mina Mponeng

A contramano de todo lo recomendable, el salto de Millán Ludeña hacia estos desafíos descomunales no tuvo el firme apoyo de una larga trayectoria en el trail running ni mucho menos. Esta incontenible energía, esta pulsión aventurera, se despertó, paradójicamente, cuando vio de cerca cómo se apagaba la vida de un ser querido.

Soy una persona normal que cree en cosas extraordinarias. Eso significa que me toca sacar tiempo de debajo de las piedras entre mi trabajo, mi novia, mis amigos, este entrenamiento y seguir buscando sueños: académicos, empresariales o deportivos.

Esto arranca 10 años atrás, cuando fallece Juan José, mi mejor amigo. Con la muerte de él me di cuenta de que la vida es efímera. No sabemos hasta cuándo cada uno tiene su propia historia, y si no sabemos el final más nos vale empezar a vivir la vida. Creo que la gente no tiene miedo a morir, sino a morir sin haber vivido.

Eso fue lo que te sacudió…

Sí. Estoy seguro de que hasta ese momento mi vida estaba herrumbrada. Era muy del sistema: buscar una oficina para cobrar el salario a fin de mes, pensarme exitoso y usar ese salario para tomar un préstamo más alto de lo que pudiera pagar, y meterme en ese círculo imposible. La mayoría de gente está metida en algo así. Cuando Juan José fallece, me replanteo la vida para tener una que me permitiera disfrutarla, perseguir sueños.

¿Le dedicas estos logros a él?

Claro, sí. Yo estoy seguro de que me ha acompañado en todo esto, y lo sentí espiritualmente presente, sobre todo en el Chimborazo. La verdad que lo recuerdo mucho como mi mejor amigo, y le agradezco el aporte que me dio sin querer, al hacerme reflexionar sobre lo que es realmente importante en la vida.

Ya mudado de su Guayaquil natal (donde había corrido algún 5K) a Quito, se deslumbró con la belleza natural del lugar y con la posibilidad de correr por esos paisajes. Fue a anotarse a una carrera que tenía cuatro distancias: 10, 20, 50 y 80 kilómetros. Pensaba anotarse en la más corta, pero sólo quedaban cupos para las dos más largas, así que se inscribió para los 50 kilómetros.

Quince horas después, la acabé completamente muerto, pero me gustó. Me descubrí y me quedé con la duda de si crecemos cuando encaramos a nuestros miedos. Esta duda es tan grande que me lleva seis meses después a correr en la Patagonia argentina una carrera que se llama La misión, de 160 kilómetros. Demoré 56 horas en la carrera, y conocí a Gonzalo Calisto, que ese año ganó la carrera y me hizo exámenes médicos al volver a Ecuador. El resultado fue revelador: mi comportamiento fisiológico se recupera muy rápido. Cuatro días después de aquella carrera, mis niveles hormonales estaban como si nada hubiera pasado. Claro, eso jamás lo iba a descubrir si no me enfrentaba a este tipo de carreras.

 

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Una vez que descubriste eso, lo aprovechaste.

Sí, fue básicamente por coincidencias y errores. Un año después corrí los 240 kilómetros en el Marathon des Sables, en el medio del Sahara. Allí me propuse correr en la Antártida. Está siempre el deseo motivante de actualizar mis límites, de realmente descubrir hasta dónde puedo llegar y, en ese camino, motivar a gente a que crea en cosas extraordinarias.

¿Se disfrutan este tipo de retos?

Sí. No paso con una sonrisa en la cara durante todas esas horas, pero mentalmente sí lo disfruto porque sé que estoy acercándome al fin de un proceso que no es de 20 horas, sino de todo un año de trabajo. Disfruto la sensación de poder entender que se pueden hacer cosas extraordinarias trabajando. Trabajar significa sacrificar todo lo que haya que sacrificar, enfocarse, levantarse mil veces después de varias caídas, aprender a aceptar un no como respuesta.

El haberte sobrepuesto a estas dificultades, ¿se traslada a tu vida cotidiana, a otras dificultades?

Sí, por supuesto. Cada aventura de estas me da más confianza en mí. Soy un creyente y me he dado cuenta de que las personas evolucionamos cuando realmente enfrentamos a nuestros miedos. Enfrentar a nuestros miedos significa tomar retos que nos hagan temblar las piernas. Si a mí me plantean algo (no sólo deportivamente) y en el momento en que me lo cuentan ya sé que lo puedo hacer, no me motiva. Me motivan cosas que empiecen en absurdo, que me dan miedo y que me hacen temblar las piernas.

¿Qué es lo que más te gusta de correr?

Muchas cosas. Me gusta porque puedo estar en mi espacio, solo, y puedo pensar. La verdad que suena muy obvio, pero en el día a día caemos en un medio tan absorbente que ni siquiera nos damos tiempo para pensar, y eso es muy triste: saber que comienzan y terminan los días y nunca te paras a pensar en tus cosas. Puede pasar una semana, un mes, un año, y es una película de terror. Existe en muchísima gente. Cuando corro, es un momento para pensar. En estas carreras largas me atrevo a pensar en preguntas que tenemos todos pero que evitamos. Por ejemplo, me pregunto si realmente quiero tener hijos o no, que es algo que evito en el día a día. Cuando termino un entrenamiento largo sé que al menos me conocí un poquito más.

Esta entrevista fue realizada originalmente por Juan Martínez en nuestra página hermana Atletas.info.

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